Cristóbal García-Naranjo (II)

(Aquí la primera parte de esta entrevista.)

¿Cuál es tu opinión de que se realicen marchas del orgullo LGBT en DF, o en México en general? La pregunta en sí misma es capciosa, ya que de entrada encierra dos términos en los que vale la pena detenerse antes de contestarla cabalmente.

Según el Diccionario de la Real Academia Española y Wikipedia, orgullo significa arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas. LGBT son las siglas que designan colectivamente a lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero. En la obra Tomás expone la pregunta “¿por qué se le llama orgullo gay? ¿No debería ser dignidad de la diversidad sexual?” Dignidad significa gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse, respeto que una persona tiene de sí misma y quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable a sus propios ojos. Diversidad significa abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas. Discriminar significa seleccionar excluyendo.

Sería el término más apropiado, claro, si y sólo si sus integrantes se identifican con lo que el término significa y si aspiran a ello. Porque de no ser así lo que se abandera es un desfile de franjas de colores y etiquetas, en las que nunca van a acabar de englobar a todos por más que le agreguen letras al “colectivo” (en esta última marcha fue LGBTTTI). ¿Para esto, dónde estarían los heterosexuales? ¿Qué pasa con los que no se sienten identificados en ninguna de estas categorías? En la naturaleza, la línea entre un color y otro en un arcoiris es ilusoria, no es categórica. Está llena de matices infinitos que abarcan todas las posibilidades con las que nuestra sexualidad ‘polimorfa y perversa’ se expresa. Y si el respeto, el reconocimiento y la no discriminación es lo que se pretende, habría que ponderar las semejanzas, lo que nos une, lo universal de nuestra esencia, y no las etiquetas, no la creación de “guetos”. Dejar ser, dejarse uno ser, y no gastar tanta energía en querer pertenecer a un mundo. Mejor poner toda esa energía en crearlo.

Estas marchas tienen, han tenido y seguirán teniendo su valor per se a lo largo y ancho del mundo, y algunas han evolucionado dependiendo de las necesidades y matices que la gente de cada ciudad les da. Hay mucho por hacer. Pero hay que revisarlas, replantearlas y hacer un ajuste en la visión que en el fondo pretenden. Y no tanto las marchas, sino lo que nosotros pretendemos como personas. La Marcha de la Dignidad de la Diversidad Sexual tendría que ser una celebración de vida, una celebración a la riqueza que tenemos como seres humanos, una celebración a las diferencias, porque en ellas radica nuestra importancia, nuestro valor, una celebración en la que todos converjamos.

¿Podrías compartir alguna anécdota sobre la retroalimentación que han recibido con la obra? Para mí ha sido fascinante observar el fenómeno que esta obra ha causado y sigue causando en la gente. Desde el día 1 que convoqué a un grupo de actores y amigos a realizar una lectura de la obra hace dos años, he sido testigo y cómplice de las más variadas reacciones y depositario de profundas reflexiones. Y es que en esencia, como he comentado ya en varias ocasiones, se tocan “fibras sensibles”.

Como lo digo en la sinopsis,

para algunos es como cualquier día, para otros es su gran día, para unos cuantos es el día en que algo se sacude… y no precisamente una bandera.

Y lo mismo ha aplicado para los que han asistido a ver la obra: para algunos es como cualquier obra (otra obra gay, otro intento por reivindicar el teatro gay); a otros les estorbó un sillón; para otros es una gran obra (teatro mexicano que da gusto ver, qué bien se siente cuando se ve un trabajo bien hecho); para los privilegiados es la obra que les sacude todo su ser (me ayudó a tomar una decisión para el primero del resto de mis días).

Me llamó la atención que una reseña apareciera en la sección LGBT de una revista y no la de teatro (ya que si de categorías se trataba, me parecía más apropiada la segunda), y que expresara que no alcanzaba a entender del todo a donde quería llegar la obra. El autor de la reseña invitaba al público a que acudiera y forjara su propia opinión. Si la expectativa era ver encumbrado lo L, G, B, T, ciertamente no es ésa la pretensión. Por el contrario, deliberadamente se ha buscado cuestionarlo, deshebrarlo, ponerlo de cabeza, romperlo y replantearlo.

Y el texto es contundente, lo dicen los últimos dos personajes que aparecen:

Las reglas de antes no tenían mucho sentido y las de ahora no son mejores que esas. Nadie sabe ya cómo es que se supone que debemos ser.

Somos como pioneros dirigiéndonos hacia terreno desconocido… Hacia la creación de otro mundo. Ésa es la propuesta: renovarse o morir. ¿O, por qué no, morir para renovarse?

Hay gente que ha ido cinco veces. Hay gente que se ha desplazado al teatro desde colonias muy lejanas e incluso hay quien ha venido desde Cuernavaca, Puebla y Veracruz específicamente a ver la obra. Hay quienes han ido y nos abordan conmovidos a mí y al elenco al final de la función queriendo compartir sus reflexiones y testimonios.

A partir del 9 de agosto, la segunda temporada de El último sábado de junio en Teatro Julio Prieto (Eje 4 Sur Xola 809, Col. Del Valle) los martes a las 20:30 horas.

Imágenes de La Información, Revista R y El último sábado de junio.



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