El legado de Agnes Torres

*Este texto que edité de José Flores se publicó en Ohm en julio de 2012.

“Antes de morir quiero:” reza una pared en Bar Fly, un centro nocturno enclavado en Camino Real, la arteria principal de la vida universitaria de San Andrés Cholula. En la esquina del muro aparece el rostro de Agnes Torres, activista transgénero asesinada el 10 de marzo de este año. Ahí, bajo su mirada, decenas de personas han escrito -al calor de las copas y la música estridente- sus anhelos, deseos y sueños. Ahí, en centenares de palabras, los asiduos al bar rinden homenaje a una mujer que se hizo inmortal con su muerte.

El asesinato de Agnes Torres sacudió a todo el país, pero es en Puebla -el epicentro- donde más ha cambiado el paisaje. En el terreno local, el diputado local Héctor Alonso había sido señalado por sus comentarios homofóbicos. En el nacional, las declaraciones de Juan Pablo Castro aún sacudían el nervio de un país dividido ideológicamente ante la visita del papa Benedicto XVI. En medio de la turbulencia, llegó su homicidio: un acto brutal y aberrante, para coronar una semana infame para los derechos de la comunidad LGBTTTI.

Se rompió el silencio. Con el escrutinio nacional e internacional encima, las acciones llegaron. Primero fue un contingente ciudadano, quien marchó hacia la casa de gobierno para exigir que se esclarecieran los hechos. Después fueron los diputados, quienes en un arrebato de razón -y de arrepentimiento- aprobaron la reforma al artículo 11 de la Constitución Política del Estado de Puebla para añadir el término “preferencias sexuales” a la legislación.

Durante los siguientes días, la Procuraduría General de Justicia exhibió ante las cámaras a los presuntos homicidas, con una investigación que afirmaba -para desencanto y suspicacia de muchos- que el móvil del homicidio de Agnes fue el robo de su automóvil. Así, sin más. En lo legal, el caso culminó como otra lamentable muerte causada por la delincuencia. En el imaginario, permaneció la sensación de un crimen de odio, resuelto pero no admitido por las autoridades.

Su homicidio la convirtió en un símbolo. Agnes fue un personaje público, reconocible, palpable, que nunca se ocultó ni se amedrentó. Fue provocativa para una sociedad que cierra los ojos al ejercicio libre de la sexualidad. Vivió con convicción de sí misma. Lo mismo enfrentó a los comentarios homofóbicos de Javier López Zavala, candidato del PRI a la gubernatura; que a la gente que -frente a ella o a sus espaldas- cuchicheaba y se regodeaba con bromas e insultos. Su actitud, para admiradores o detractores, era imposible de no ver.

La bandera de Agnes fue la dignidad humana. Su legado, el de una persona que supo caminar con la frente en alto y la mano extendida. Su historia se convirtió en patrimonio de una ciudad que necesita con urgencia separarse del conservadurismo, el prejuicio y la discriminación. Se convirtió en estandarte de una lucha que nos identifica a todos: la de la felicidad con uno mismo, la de la congruencia y el respeto mutuo.

Queda mucho trecho por recorrer. La legislación de Puebla aún no reconoce la figura de crimen de odio (como lo hace, por ejemplo, el Código Penal del Distrito Federal). Tampoco se permite que las personas transgénero asuman legalmente la identidad que eligieron: Agnes vivió como mujer, pero para la ley murió como Abraham. Ésa es una batalla que nos toca a nosotros. Ése es el homenaje que le debemos.

Porque antes de morir, quiero vivir como Agnes: libre.

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Agnes

Creo que conocí a Agnes Torres en la cabina de Elocuencia 8080, la estación de radio estudiantil de la Universidad de las Américas Puebla. Yo participaba en el programa El Divergente de la asociación Diversitas y ella fue invitada a una de las transmisiones. No fue la única vez que enriqueció nuestras actividades con sus conocimientos.

En 2010, durante un panel sobre matrimonio homosexual en Puebla que organizó el departamento de mi licenciatura, le calló la boca a un político que se equivocaba una y otra vez en su elección de palabras al referirse a personas trans y a trabajadoras sexuales. Esta anécdota la recuerda también mi amiga Tania en su blog.

Agnes también era lo que con mucho cariño llamo cultura popular de Cholula. Todos la ubicaban y casi todos tenían algo padre que decir de ella. Los viernes la veía bailando en Bar Fly, como complemento perfecto a la música de su querido Velvet Boy, DJ del lugar. Estuvo en alguna de mis fiestas de cumpleaños y hace unos meses coincidimos en la boda de dos grandes amigos en común.

Su sello eran la cordialidad y franqueza para hablar con cualquiera, lo mismo para saludar que para defender sus temas. Con el asesinato de Agnes, Cholula se queda sin un personaje y el mundo sin una voz de las que todavía no hay suficientes. Me sumo a la invitación de Arturo Loría de hacer algo para no olvidar a Agnes y honrar su trabajo a favor del respeto a la diversidad, desde nuestras ganas y posibilidades.