Foro de Buenas Prácticas sobre Diversidad e Inclusión Laboral LGBT

flyerEste lunes 24 de noviembre se lleva a cabo el primer Foro de Buenas Prácticas sobre Diversidad e Inclusión Laboral LGBT en el Museo de Arte Popular.

El foro lo organiza la Alianza por la Diversidad e Inclusión Laboral (ADIL), integrada por personas LGBT de organizaciones civiles, empresas y medios de comunicación, junto con el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (Copred).

Si quieren seguirlo a través de Twitter, pueden usar y revisar el hashtag #BuenasPrácticasLGBT.

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Representación LGBT en medios de comunicación

Este martes 26 de agosto la Red Ciudadana por la Diversidad Sexual organiza la mesa redonda “Representación LGBT en medios de comunicación“. La cita es a las 19:00 horas en el Club de Periodistas del DF.

La entrada es abierta a quien quiera ir. Si colaboran en, consumen o tienen algo que decir sobre cómo los medios de comunicación cuentan historias de personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero, vayan a conversar con nosotros.

Representación LGBT en medios de comunicación- flyer

Gracias a Charlie López y Alberto Rocha por la invitación.


Rompiendo silencios y salvando vidas

La primera vez que escuché sobre The Trevor Project fue hace cuatro años. Estaba trabajando en IGLHRC y las oficinas de ambas organizaciones eran vecinas en un edificio en el Distrito Financiero de Nueva York.

Su misión es muy puntual: prevenir el suicidio entre jóvenes lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (LGBT), e intervenir en crisis que estos jóvenes sufren. Su misión es también muy ambiciosa: cada 100 minutos un adolescente se suicida en Estados Unidos. En comparación con jóvenes heterosexuales, es cuatro veces más probable que un adolescente LGBT intente suicidarse.

Hace un año y medio conocí a Louisa Merino. Un amigo en común de la universidad (estudiamos en la misma) me contó que Louisa estaba trabajando en un documental sobre este tema, esta organización, y la busqué insistentemente para que me contara sobre su proyecto. Me enseñó el documental y guardé la conversación que tuvimos hasta ahora que Lifeline, por fin, llega a México:

Celebridades como Daniel Radcliffe, Ellen DeGeneres y Neil Patrick Harris han sido voceros de The Trevor Project. Sobre la estrategia de asociar a personajes así a este tipo de organizaciones y campañas, y sobre qué falta para que en México haya más figuras públicas que se animen a ello, Louisa opina:

No digo que todos salgan ahorita del clóset, porque es un proceso. Pero la cosa no va a cambiar si seguimos todos adentro de él.

Lifeline se presenta este miércoles 10 de julio a las 20:30 horas en La Casa del Cine en el DF (Uruguay 52, piso 2, Centro). Sobre el estreno, Luisa dice:

Tengo mucha esperanza de que en México sea recibido con los brazos abiertos. Creo que es necesario e importante traer mensajes de este tipo.

lifelineEn México todavía no hay suficiente información sobre este asunto. En 2012 se publicó la primera Encuesta Nacional sobre Bullying por Homofobia.


Hiato y San Francisco

Después de más de un mes de no publicar nada en este espacio, hoy lo retomo. El final de 2012 estuvo lleno de trabajo, proyectos nuevos y, finalmente, unas deliciosas vacaciones en San Francisco. Comparto un par de anécdotas y cosas de nuestro viaje que me parecen particularmente interesantes:

Conocí el GLBT History Museum de la GLBT Historical Society. Ambos son proyectos jóvenes: el primero cumplió dos años en diciembre y la segunda tiene menos de veinte años de existir. El museo es chiquito, en el corazón del barrio de Castro (un espacio clave en la historia del movimiento gay, sobre todo de Estados Unidos). Lo ves todo en una hora o menos.

Pero hay dos cosas que me parecen padrísimas. Primero, el apoyo que ha recibido de su comunidad más inmediata: financiamiento de parte de bares y restaurantes de la zona como Badlands, Harvey’s y Toad Hall, sumado al de marcas y empresas con más capacidad económica como Levi’s y Starbucks, y el gobierno local. Segundo, el esfuerzo de toda la gente involucrada y el interés auténtico por mostrarle al mundo un poco de la historia de un movimiento que ha dado forma a su ciudad, a su país, y más allá.

Insisto: el espacio es chico y el material exhibido por ahora es poco, pero es una pincelada muy (por más cursi que me parezca describir algo con la siguiente palabra) bonita del acervo de la GLBT Historical Society. Estas redes del Butterfly Brigade fueron de mis piezas favoritas.

sf butterfly brigadesf butterfly brigade2

Un fragmento de la información que las acompañaba:

In the Tenderloin neighborhood, some took up arms; other publicized police harassment. In the Valencia Corridor, the Women’s Building held forums on the uses of gay rage. In the Castro, gays turned camp into consciousness, carrying giant butterfly nets to capture would-be bashers. The giant butterfly nets hanging overhead in this gallery were used as props by the Butterfly Brigade, a San Francisco organization founded in 1976 that organized street patrols to prevent antigay violence. The group carried the nets in Gay Freedom Day parades and at community events throughout the late 1970s to symbolically catch gay-bashers and to raise awareness about self-defense and safety in the GLBT community.

San Francisco es reconocida como la (o una de las) meca(s) de la comunidad gay. En general, en la ciudad se percibe mucha tolerancia, respeto, pocas miradas sorprendidas ante parejas homosexuales. A mi novio y a mí nos llamó la atención ver mensajes como éste escritos con gis en varias esquinas de la ciudad. Ésta en Sutter Street y Grant Avenue, muy cerca de Union Square:

sf no fags

Esto me recordó casos de crímenes homofóbicos y muy violentos en el Greenwich Village de Nueva York cuando vivía allá. Y casos como el de este fin de semana en el Centro Histórico del Distrito Federal. Llama la atención que en barrios, zonas o ciudades que para muchos son amigables a la diversidad sexual es donde haya (¿más?) muestras de intolerancia.

A propósito de esto, una réplica de un mapa de asaltos homofóbicos elaborado por una asociación civil en 1979 y que ahora está en el GLBT History Museum:

sf map of antigay assaults

Aquí la bandera, para rendir honores, en Harvey Milk Plaza:

sf harvey milk plaza

Por último, también del museo, un objeto para fans from hell de Harvey Milk: la mesa de su cocina (si ven la película, ¡ahí aparece!)

sf harvey milk's kitchen table


Reinas de la noche, ¿esto es lo que hay?

*Este artículo se publicó originalmente en Chilango.

Mis amigos empezaron a ir a antros cuando estábamos en prepa. Yo estaba en el clóset y todavía no me gustaba nada que tuviera alcohol, así que ligar o emborracharme tantito (dos de los principales ritos en dichos establecimientos) no eran objetivos de mi interés. Y, a menos que fuera a lugares donde no conocía a nadie, en Mérida había nada más un par de opciones. Todas con cadenero en la puerta. Ese nefasto personaje que puede hacer la diferencia entre que pases una noche memorable o te resignes a regresar a tu casa a jugar Maratón. O un juego de mesa menos ñoño, pero ése es mi favorito. El antro no era para mí, pues.

Quitando alguna vez que no llevaba una identificación para probar mi mayoría de edad, creo que nunca me he quedado fuera de uno. Creo que a nadie le gusta. Esto no lo aclaro porque me sienta más especial por siempre pasar el filtro de la entrada, sino para que no tomen ésta como la opinión de un ardido al que batearon en la puerta.

Ahora ya me gusta ir a antros. Gays, de preferencia. Porque es más probable que pongan la música que me gusta (pop superficial y pasajero), es más fácil conocer gente y ligar por un tema meramente matemático, y es más común que prescindan de los cadeneros.

Pero de los lugares donde consideran que éstos son indispensables tengo varias anécdotas de amigos que se han quedado del otro lado de la cadena, porque no llevaban la ropa adecuada, o porque no son suficientemente bonitos, o porque no conocían a la persona indicada… Y, ¡sorpresa!, cada vez es más habitual que inauguren antros gays donde un hombre, a veces acompañado de un publirrelacionista, te dice “tú sí” o “tú no”. Por ejemplo, el nuevo Loud.

En la más reciente edición de la Semana de la Diversidad del ITAM, en marzo, hubo una mesa de discusión con dos socios de antros como Envy o Guilt. Les conté que, cuando he ido, me la he pasado muy bien. Y ya que ellos tienen cadena pregunté quién se queda fuera y por qué. “Como en cualquier otro antro, no entra quien vaya en fachas, muy borracho o drogado.” Pregunté por qué en el DF no hay antros enfocados en chavas, si ellos habían pensado en entrarle a ese mercado o si las lesbianas chilangas no estaban en sus planes de negocios. Me dijeron que, para tantear el terreno, estaban por empezar fiestas para niñas en uno de sus antros, y que a éstas sólo tendrían acceso mujeres en general y hombres gays. Hombres heterosexuales no. Algo chistoso viniendo de empresarios que alegan que su principal obstáculo al abrir y mantener un antro de este tipo es la discriminación por parte de la delegación y otras autoridades.

Por temor a a una respuesta tan absurda como esa política, no pregunté cómo probarían la orientación sexual de sus potenciales clientes. Mejor pregunté por qué. “Los hombres bugas generalmente van a noches de lesbianas para ver cómo se besan, faltarles al respeto, tratarlas con morbo, insultarlas… Y tenemos que cuidar a nuestras niñas”. Interesante protección la que ofrecían. Les dije que esa mentalidad subestimaba a los bugas concibiéndolos como bestias que no pueden convivir con lesbianas sin írseles encima. La moderadora del panel interrumpió la discusión.

Esta misma lógica la aplican antros bugas que restringen la entrada a chavos gays (juicio emitido, supongo, por la apariencia de éstos) “porque van a incomodar a otros clientes, a los (que sí son 100%) hombres, viéndolos con lujuria, coqueteándoles…” Como le pasó a unos amigos que, estando en uno de esos bares, salieron a fumar. Cuando regresaron a la puerta el cadenero les dijo que no podían pasar “porque había demasiados gays adentro y algunos clientes se estaban quejando”.

Proteger a la clientela no es prioridad para todos los dueños. Claramente no para los del Marrakech, en el Centro, donde las últimas veces que fui resultaba imposible moverse. De ser mi lugar favorito en la Ciudad de México para ir a bailar, sin cover, sin cadena, donde todas y todos entran, se ha vuelto en uno que prefiero evitar. La política de admitir a todos se la tomaron demasiado en serio: mientras llegue gente a la entrada, la gente entra. Aunque no haya cupo. Aunque pueda temblar sin que nadie se entere. Aunque un cliente que fue en muletas se caiga entre empujones de otros clientes que, quieran o no, tienen que empujarse para desplazarse a la barra o al baño. Esto sucedió en mi última visita y fue la gota que derramó mi vaso. Cuando me quejé en su página de Facebook, otros se sumaron y el responsable de la cuenta borró todo. No sin antes establecer puntos como “¿Para qué viene una persona en muletas?”, contradictorio con su lógica de “Todos pueden entrar porque aquí no se discrimina a nadie”. ¿Alguien considera discriminatorio que un cine no venda boletos de más o que un restaurante no te siente cuando no hay mesas disponibles?

La cosa es que, después de unos años de agarrarle el gusto, ir al antro se convierte a veces en un fastidio. Tanto que aquí estoy desahogándome y pensando si soy yo el que se pasa de mamón. Si debería ir a antros bugas y pasarla bien ahí. Si convendría aceptar que, efectivamente, el antro no es para mí.