Yo las declaro felizmente casadas

Salvador Eljure, Editor de Actualidad de la revista Grazia, incluyó mi opinión en su texto sobre matrimonio igualitario.

portada 05abr2015 Rosie Huntingtonmatrimonio igualitario


Sobre el mensaje de fin de año de Presidencia de la República

El gobierno federal de México subió a YouTube un video con un mensaje de fin de año, con la diversidad como tema principal. Personas con discapacidad, personas indígenas y por lo menos una persona de la población de lesbianas, gays, bisexuales y transgénero nos desean un feliz 2014.

“Cada año nuevo es una oportunidad para respetar y valorar la diversidad de México”, dice Jonathan Orozco en los primeros segundos. Para la gran mayoría de la gente que verá el video, la diversidad que representa Jonathan está invisibilizada en este mensaje, como señaló mi amigo Alfredo Narváez en un comentario en Facebook. Porque no lo conocen ni saben que es un chavo gay, lo cual no es lo más importante sobre él pero importa mucho en el contexto de este video protagonizado por un cast que, entiendo, pretende ser una muestra de la diversidad mexicana.

Para quienes conocemos a Jonathan, su aparición en el video es, me parece, un guiño a la comunidad LGBT. Un guiño muy sutil (¡aquí estamos los gays, aunque sea camuflajeados!) e insuficiente (no se menciona nada concreto). Pero seamos optimistas: ojalá que sea señal de que en 2014 el gobierno de Enrique Peña Nieto se sumará al Día Internacional Contra la Homofobia más allá de un tweet el 17 de mayo (aquí vale la pena leer la carta que Genaro Lozano publicó en su momento en su columna del diario Reforma). O que el mismo Peña expresará su postura frente al matrimonio igualitario que este año ha tenido avances en el país, por poner un par de ejemplos.

Sin esas acciones concretas, sin tomar esa oportunidad de valorar y respetar la diversidad de la que habla Jonathan, los buenos deseos presidenciales son un caso más de atole con el dedo.


Homofobia real contra políticas públicas en la Ciudad de México

*Cristian Galarza publicó esta nota en SDP Noticias el 4 de diciembre de 2013.

La mesa de debate sobre homofobia que organizó SDPnoticias contó con la presencia de Lol Kin Castañeda, Enrique Torre Molina, Alberto Demonio y Jonathan Orozco.

Desde sus diferentes perspectivas, los participantes puntualizaron que a pesar de las políticas públicas implementadas por los diferentes gobiernos de la Ciudad de México, la comunidad LGBT (lésbico, gay, bisexual, trans) capitalina aún es víctima de discriminación.

También propusieron algunas rutas de acción y compartieron vivencias sobre los temas tratados.

Las preguntas a responder fueron las siguientes:

¿La legalización del matrimonio igualitario disminuyó la homofobia en el DF?

Las familias homoparentales ya existen. ¿Por qué los ciudadanos del DF se siguen preguntando si están listos para aceptarlas?

¿Las lesbianas capitalinas se esconden por miedo o por su personalidad?

¿Cómo debe orientar el gobierno del DF sus esfuerzos para que los transexuales dejen de ser vistos únicamente como “objetos sexuales” o “monstruos incomprendidos”?

Según Conapred los homosexuales somos el segundo grupo social más discriminado en el DF. ¿A qué factor creen que se deba esto habiendo tantas políticas públicas que nos “apoyan”?


Carta a Ivette Laviada (y a los que piensan como ella)

El 24 de julio Ivette Laviada atacó en su columna de opinión en Milenio Novedades, de manera cobarde y con argumentos chafas, a Ricardo Góngora y Javier Carillo, primera pareja gay que se casará en Yucatán. Ataca a parejas gays y lesbianas en general. Su artículo está disponible en la página 15 de la edición impresa del diario.

Hoy en Animal Político publico mi respuesta a su texto:

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Hola Ivette.

Leí el artículo “Si eliges, renuncias”, que publicaste en la página 15 del diario Milenio Novedades el pasado 24 de julio y quiero responder a varios de los puntos que tocas. No te conozco y nunca te había leído, así que mucho de lo que escribo a continuación es lo que asumo a partir de este texto, que inevitablemente me recuerda ideas que escuché una y otra vez durante 12 años de educación católica en la Mérida donde nací y crecí, y desde donde tú escribes. Probablemente me equivoque, como tú también has asumido equivocadamente muchas cosas que ahora me permito refutar.

Dices que las leyes en Yucatán definen el matrimonio como “una institución por medio de la cual se establece la unión jurídica entre un hombre y una mujer”, y que el Juzgado Tercero de Distrito, con sede en ese estado, hizo mal en no respetar la soberanía del estado y ordenar al Registro Civil que case a Ricardo Góngora y Javier Carrillo. “Le valió sorbete”, fue tu expresión. Creo que el hecho de que una instancia de mayor autoridad obligue a otra a hacer algo que ésta no quería (casar a Ricardo y Javier) no es algo que te moleste mucho. Puedes darnos más de tus razones legales, decir que no se vale pasar por alto la ley local, que la mayoría de los yucatecos no está de acuerdo. Para mí, son argumentos que tratan de disfrazar que lo que te molesta es que dos hombres puedan casarse. Punto. Y eso se llama homofobia. Punto. Kiki y Javo, como son conocidos, se convertirán en la primera pareja del mismo sexo en casarse en Yucatán el próximo 8 de agosto. A ti y a mucha gente en Yucatán, y en el mundo, eso les enoja, les parece injusto, les parece inmoral, les parece incorrecto. A algunos les da asco. Por eso no importa cuántos tribunales digan que es un asunto de igualdad, de democracia, que es justo que todos puedan ejercer los mismos derechos. Para ustedes, El Matrimonio, en mayúsculas, es lo que es, no se cuestiona y se acabó.

Muchos de los que opinan como tú acostumbran hablar de nosotros, los homosexuales, como un grupo abstracto de la población. Como si no tuvieran hijos o hermanas o compañeros de trabajo gays o lesbianas. Como si al hablar de “los gays que se quieren casar” o “las lesbianas que eligieron esa orientación sexual”, no hubiera caras y nombres de esas personas a las que se refieren. Y tú haces precisamente eso: nunca mencionas a Ricardo y Javier, pero sí te atreves a invalidar su relación y a decir que “representan un pequeñísimo porcentaje de la población, pues de las personas con atracción hacia su mismo sexo, son poquísimas las que se quieren casar”. ¿Cuántas parejas gays o lesbianas conoces? ¿Te han dicho si quieren casarse o no? ¿O de qué encuesta o censo obtuviste esa información? ¿Cuál es exactamente ese porcentaje pequeñísimo? Asumo que no tienes el dato, porque, que yo sepa, al menos en México no existe. Así que me parece muy osado descalificar lo que Ricardo y Javier han buscado sólo porque, según tú, son poquitos los que buscamos lo mismo. Eso no importa. No importa cuántos quieran casarse. No importa si mañana se legaliza el matrimonio entre parejas del mismo sexo en todo el mundo y ninguna pareja gay se casa después. No se trata de cuántos nos casemos o no. Se trata (hay que repetir esto todos los días) de tener esa opción, el mismo derecho, como tú y tu esposo cuando decidieron casarse.

Me parece también demasiada atribución de tu parte descalificar el matrimonio de Ricardo y Javier por el hecho de que, según tú, pertenecen a una minoría. Me sorprende que creas que pertenecer a una minoría es un argumento válido para restringirle a alguien el acceso a un derecho. Tú eres parte de lo que en muchos sentidos sigue siendo una minoría: las mujeres. Por eso hay una cosa llamada “perspectiva de género”, como defines tu columna. Por eso tantas organizaciones de la sociedad civil trabajan a favor de la igualdad de género, en contra de la misoginia y de la violencia a las mujeres. Por eso hay un Centro de Estudios y Formación Integral para la Mujer, que tú diriges en Mérida. ¿Te parece bien que las mujeres vayan a la universidad, que puedan votar y ser votadas, que esperen ganar el mismo sueldo que sus pares hombres haciendo el mismo trabajo, que puedan vestirse como quieran sin obtener permiso de un hombre? En un pasado no muy lejano había quienes consideraban lo anterior una locura. Pensaban que las mujeres no debían tener derecho a nada de eso, porque sólo unas cuantas querían hacerlo. La verdad era más simple: había (¡todavía hay!) hombres y mujeres que creían que las mujeres no valen lo mismo que los hombres ni deben tener los mismos derechos y responsabilidades. No conocemos el número preciso de homosexuales en el mundo, pero el respeto que buscamos y los derechos que reclamamos no deben estar en función de cuántos somos.

Lo que más me molestó de tu columna fue que entrecomillaras, textualmente, el matrimonio de Ricardo y Javier cuando hablas de las parejas gays que nos queremos “casar”. Por supuesto. Estás convencida de que El Matrimonio no debe redefinirse, que es entre hombre y mujer, para tener hijos, y todo lo demás no se llama matrimonio. Estás convencida de que dos hombres o dos mujeres firmando un acta en un Registro Civil no es casarse. Piensas que las relaciones, el amor, el compromiso y el apoyo mutuo que hay entre dos hombres o dos mujeres no es igual de sólido que el que hay en una pareja heterosexual. Crees que la familia que están empezando Ricardo y Javier, aunque haya un papelito del Estado de por medio, no es realmente una familia sino una “familia”. Que lo que “tenemos” las “parejas” como mi “novio” y yo es menos valioso que lo que tienen tú y tu esposo. Y no podrías estar más equivocada.

Asumo que eres de esas personas que tienen amigos gays, convives con ellos, pero no dejas de juzgarlos aunque sea un poquito, esperas que nunca les toque un maestro así a tus hijos o nietos. O, peor, te dan lástima. Asumo que convives con esos amigos y sus parejas, los quieres mucho, pero algo te dice que esa relación, por naturaleza, no es tan válida como la que tienen un hombre y una mujer. Y, de nuevo, estás muy equivocada.

Luego invocas unas reglas (no entendí en qué consisten) que la gente debe seguir en un mundo donde deben prevalecer la verdad (¿cuál?) y la ética (¿de quién?) y que, en pocas palabras, casarse es para heterosexuales, como Dios y las constituciones mandan. Pero las reglas en las sociedades cambian todo el tiempo. Si no, insisto, las mujeres no podrían hacer muchas cosas, como publicar sus opiniones en los periódicos.

Por último, mencionas algo sobre argumentos falaces con los que no sé quiénes pretenden convencerte de que el matrimonio no es X sino Y. Yo soy de ésos que te quieren convencer y, ya que lo que dice una corte no es suficiente, espero que mis “argumentos falaces” ayuden a ello. Quédate tranquila: no va a pasar nada terrible con tu matrimonio ni con Yucatán ni con la sociedad en general por el hecho de que Ricardo y Javier se casen. Lo único que va a suceder es que ellos gozarán de un derecho que históricamente no hemos tenido. Y, con suerte, serán un poco más felices. Mientras tanto, que haya más plumas y micrófonos que difundan opiniones como la tuya nos hace un gran favor a todos: permite ver lo absurdo de la homofobia y de las ideas que fortalecen esa discriminación.

Saludos.


Max & John

Max y John son pareja. John es estadounidense. Max es yucateco, como yo, y después de unos tres años de amistad vía Facebook, Joserra (mi novio) y yo los conocimos en persona durante nuestras vacaciones en San Francisco en diciembre de 2012.

john & maxHasta hace unos días, el Defense of Marriage Act (Ley de Defensa del Matrimonio, un título erróneo y homófobico), que definía “matrimonio” como la unión entre hombre y mujer, era un obstáculo para cualquier pareja binacional en Estados Unidos que quisiera casarse y obtener beneficios del gobierno federal, como el sponsorship que un ciudadano estadounidense puede otorgar a su esposa o esposo extranjero.

El pasado miércoles 26 de junio, la Suprema Corte del país decidió que esta ley era anticonstitucional. La corte emitió otro fallo que tiene como efecto la reanudación del matrimonio entre parejas del mismo sexo en California, donde Max y John viven.

Max y John son una de las miles de parejas binacionales y homosexuales que viven en Estados Unidos que, gracias a estos cambios, se libran de la amenaza de interrumpir su relación por dificultades legales o por la posibilidad de que uno de ellos esté obligado a salir del país. “De repente las dos puertas se abrieron de golpe,” dice Max, refiriéndose al matrimonio igualitario y a la opción que ahora tiene de obtener un green card a través de su esposo. Lo mismo para Sean y Steven, Marsh y Popov.

Más que triunfos de un movimiento social, de un grupo de activistas, de unos cuantos legisladores o jueces, de políticos o presidentes comprometidos con un sector de la población, son rostros e historias como los de Max y John los verdaderos ganadores. Muchas felicidades a ellos, que ahora planean casarse. Y muchas felicidades a quienes se sientan parte de esta gran celebración que, literalmente, no se limita a las fronteras gringas.

La foto es de Marina Midori. Más información de las implicaciones de lo que decidió la corte en el sitio web de Immigration Equality, organización que trabaja por los derechos de inmigrantes lesbianas, gays, bisexuales y transgénero en Estados Unidos.


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