La otra liberación sexual

*Eduardo Huchín publicó este texto originalmente en Confabulario el 4 de abril de 2015.

La otra liberación sexualDos días antes de que yo me mudara al Distrito Federal, mi padre entró al cuarto para pedirme que dejara lo que estuviera haciendo en ese momento y prestara mucha atención. A la luz de mi viaje, tenía bastante claro que había llegado la hora de tener esa conversación. Papá estaba convencido de que en el DF mi vida podía desbarrancarse y, de hecho, era muy probable que se desbarrancara. Quería, con la comprimida historia de sus propios excesos, advertirme que la libertad con frecuencia se convierte en libertinaje. Me habría encantado decirle que sus consejos eran, por decir lo menos, tardíos. En cambio llamó mi atención que imaginara la liberalidad propia de la capital del país como un torbellino de degradación que me absorbería en cualquier momento. Supongo que pensaba que detrás de cada parada de camión habría un hombre en gabardina que no dudaría en invitarte a una orgía u ofrecerte éxtasis, para convencerte después de ir a una orgía. Le gustaba la palabra “orgía”: la trajo a colación cuatro o cinco veces.

La escena me viene a la mente mientras hablo con Flor, una joven lesbiana que decidió mudarse de Campeche al DF el mismo año en que yo lo hice. Hoy, cuatro años después, celebra su cumpleaños pero también un año más de su mudanza. Sus amigas han traído pastel, papas y cervezas. Los vecinos podrían confirmar la teoría de mi padre: cinco mujeres y un hombre celebran a altas horas de la noche, pero, una vez que has advertido que eres el único heterosexual en la sala, es posible reconocer que esa escena de una cotidianidad casi inocente habla más de la liberalidad que cualquier orgía.

A diferencia de lo que sucedió conmigo, Flor no recibió consejos familiares cuando avisó que se iría de su casa. Se suponía que sus razones eran meramente profesionales: encontrar un empleo mejor pagado, salir de la dañina inercia que suponen los trabajos gubernamentales. Para algunos de sus compañeros, la decisión había sido incomprensible: ¡estaba a punto de obtener una plaza estatal! Lo que ellos veían como un logro a Flor le parecía un síntoma de estancamiento. “Siempre he dicho que fue como un aviso de que el cemento de los pies estaba a punto de secarse y que tenía que salir corriendo”. Paradójicamente su viaje tuvo un trasfondo más sexual del que habría admitido en un principio. “En ese momento quería convencerme de que el tema profesional era lo importante, para no reconocer lo que a todas luces era cobardía.” Flor no quería enfrentar el clima represivo de Campeche, un ambiente social que si bien no toleraba las agresiones hacia homosexuales parecía recalcar que ese era el único derecho que iba a concederles.

Para comprender de qué estaba huyendo habría que decir que Campeche es una ciudad muy conservadora con respecto a las orientaciones sexuales, al grado de que todavía hasta hace unos años llamaba oficialmente a su reina del carnaval gay, “reina de eventos especiales”, un título carente de sentido. Pero algo más: se trata de un bastión conservador de menos de 250 mil habitantes, lo que significa que, si vas al parque principal y reúnes a un grupo de veinte personas al azar, doce van a estar en contra del matrimonio gay y al menos trece serán o parientes o excompañeros de la escuela o alguien encantado de iniciar un rumor en el edificio donde trabajas. Así las cosas, el clima no es solo tradicionalista: es profundamente invasivo.

Se trata de un mal que comparte toda la península y que define eso que entendemos por “provincianismo”. Enrique Torre Molina, consultor especializado en temas LGBT, mecuenta el tipo de conversaciones que acostumbra tener cuando alguien en el Distrito Federal descubre su lugar de origen:

–¿Eres de Mérida? Tengo un amigo en Mérida. Tal vez lo conoces.
–Tampoco nos conocemos todos.
–Se llama X.
–Mmm. Sí lo conozco.

(Aunque a veces sucede que el interlocutor se interesa menos por su ciudad natal y más por su orientación sexual.

–Oye, tengo un nuevo amigo. Es gay. Tal vez lo conoces.
–O sea, no todos los gays se conocen.
–Se llama X.
–Bueno, sí. Sí lo conozco.)

¿Habría –me pregunté cuando escuché la anécdota– una relación entre esa dinámica en la que yucatecos o campechanos parecemos conocernos y la férrea resistencia de nuestras sociedades a aceptar los derechos sexuales de la comunidad LGBT? En primer lugar no es extraño que en lugares tan pequeños y tradicionalistas, los chismes tengan que ver en su mayoría con las prácticas íntimas, las orientaciones sexuales y las dobles vidas. Una enorme carga homofóbica debe estar bajo la superficie cuando todavía se acude al rumor de la homosexualidad para cimbrar una carrera política. Y un clima, al mismo tiempo condescendiente y antigay, debe dominar cuando nuestros estados no repudian explícitamente las uniones entre homosexuales pero les ponen más trabas que si uno solicitara el permiso para destruir una reserva ecológica en aras de edificar un hotel.

“Hay muchos políticos en Yucatán de alto rango que son homosexuales, pero que no toman partido por el matrimonio gay porque no quieren asumir el costo político”, afirma el abogado Carlos Escoffié, integrante de la asociación civil Indignación, que promovió una acción por omisión legislativa contra el congreso yucateco por negarse a legislar en materia de matrimonio igualitario. Escoffié considera que, a las fuerzas de la religión y el moralismo, el rechazo peninsular debe explicarse también desde el regionalismo. Se trata de sociedades que entienden la apertura sexual como una claudicación a sus propias tradiciones y que se sienten todo el tiempo amenazadas por los fuereños, incluso si se trata de vecinos (cierto periódico yucateco daba la noticia de alguien que había asistido a la redacción para “limpiar su nombre y aclarar que no es campechano”).

En esas circunstancias, luchar por el matrimonio homosexual es una labor a contracorriente. Los conservadores lloran sangre cuando escuchan de uniones entre personas del mismo sexo y no pocos de quienes se consideran a sí mismos de izquierda piensan que no es un tema prioritario. En estados lacerados por la corrupción, la desigualdad social, el desempleo o los suicidios a la alza, ¿por qué tenemos que sacrificar tiempo de indignación, movilizaciones sociales y apoyo político por gente que solo pide casarse? Yo diría que precisamente por eso: porque en teoría se trata de una petición muy fácil de cumplir y lo que levanta suspicacias es la cantidad de embrollos institucionales a los que se echa mano para evitarlo. Es lo que llamo la “navaja suiza de Occam”: la explicación simple suele ser la correcta, pero a veces es más interesante indagar por qué insistimos en hacer complicadas las cosas.

Faride Cabrera Can y María José Estrada Muñoz contrajeron matrimonio el 30 de agosto de 2014, después de una larga lucha legal que incluyó un amparo federal. Tras una primera solicitud en marzo ante el registro civil de Campeche, la institución se negó a reconocer su unión “por no encontrarse previsto en el Código Civil del Estado el acto jurídico planteado”. El mismo documento les instaba a recurrir a la Ley Regulatoria de Sociedades Civiles de Convivencia. Faride me explicó por qué rechazaron esa posibilidad y decidieron llevar su caso ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación:

“Cuando la Ley de Sociedades de Convivencia fue aprobada por unanimidad en el Congreso del Estado fue una gran noticia para la comunidad LGBT. Sin embargo solo hasta que fue publicada nos dimos cuenta de que en lugar de un avance había sido prácticamente un retroceso, ya que para validar una unión era necesario hacer el trámite ante el Registro Público de la Propiedad y no ante el Registro Civil. Eso es totalmente discriminatorio: no somos un inmueble o un negocio. Por eso era muy importante casarnos, sentar el precedente y por ningún motivo considerar la Ley de Sociedades de Convivencia.”

Cuando uno observa la cantidad de trámites que tienen que librar los gays para contraer matrimonio, entiende aquella aguda línea de Chuck Klosterman: “En mi opinión, tendríamos que legalizar el matrimonio homosexual. Los varones homosexuales son los únicos hombres del país que todavía quieren casarse.”

Hay una realidad incuestionable: la palabra “matrimonio” no va a servir como un mantra para acabar con siglos de discriminación y prejuicios respecto a los homosexuales. Incluso para gente de la misma comunidad LGBT esta lucha es contradictoria: ¿quién en su sano juicio querría abandonar una elástica vida sexual para adaptarse a la –mis dedos ya estaban ansiosos por teclear esta palabra– heteronormatividad? Para los heterosexuales treintones como yo, que rezamos porque los parientes dejen, por una maldita vez, de preguntarnos cuándo nos vamos a casar, en ocasiones es difícil entender por qué una comunidad progresista, abierta sexualmente y en ocasiones orgullosa de cumplir cierto papel de outsider quiere ser parte de una institución retrógrada, como es el matrimonio. Las razones no son claras hasta que dejas de pensar en el matrimonio como en una suerte de capricho que tiene cierta gente. No se trata solo de los beneficios prácticos (la seguridad social, entre ellos), sino del trasfondo que hace posible que el matrimonio homosexual sea reconocido legalmente en sociedades que ven la unión de ambas palabras como un oxímoron. En términos ideales: una transformación paulatina del clima social, una renuncia al doble discurso y una mayor capacidad de negociación política, aunque en términos prácticos quizás solo se necesite la habilidad de una comunidad para ser políticamente más influyente. Y el logro no es para nada menor.

Cinco años han pasado desde que el matrimonio igualitario es una realidad en el Distrito Federal, casi el mismo tiempo que Flor tiene de vivir ahí. Y aunque según cifras del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación capitalino los gays siguen siendo un grupo fuertemente discriminado, sus años en Campeche le hacen advertir una notable diferencia.

“En mis últimos dos empleos he sido muy abierta con respecto a mi sexualidad y en ambos lugares me han tratado con tanta ‘normalidad’ que me he sentido justo eso: normal. No sé si eso se deba a que no cumplo el estereotipo de cómo debe lucir una lesbiana, pero que no tenga que esconderme es una preocupación menos en mi vida. Creo que cualquier contexto represivo disminuye las posibilidades de realización personal y profesional y me cuesta trabajo pensar que puedas sentirte pleno en un lugar donde tienes que omitir ciertas partes de ti para ser aceptado.”

Un segundo más tarde, Flor despotrica contra los estrictos códigos de vestimenta que le prohíben llevar tenis al trabajo.

*Desde 1978, a fines de junio  se celebra en  la Ciudad de México la Marcha del Orgullo Lésbico Gay / Foto: Federico Gama


Entrevista en UC Radio (audio)

Clon Fashion logo

El jueves pasado estuve en Clon Fashion, el programa de Johnny Carmona en UC Radio, hablando sobre cómo y por qué empecé a trabajar en asuntos LGBT como activista, periodista, consultor y conferencista; sobre Mérida, Nueva York, la Universidad de las Américas Puebla, mi trabajo con organizaciones como GLAAD y British CouncilServicio de Agencia, entre otros proyectos actuales y un par de 2015.

Además, música de Los Amigos Invisibles y Bleachers.

Aquí el audio completo: http://bit.ly/1zX7hmq


Buck Angel: pornographer turned advocate

*I published this piece originally on The Huffington Post on September 23, 2014.

His Pervert tattoo on his back is often misread as Perfect. But that’s what he has achieved in a way. Perfection. He looks the way he always dreamed to. He has also created Buck Angel Entertainment, Buck Angel Dating, and has his own sculpture in London.

A lot of people don’t think he has important things to say, which he attributes to the fact that he is a porn star. And he does. That’s why I met with him for an interview on a short trip to Merida a couple of years ago and between work trips of his own to Detroit, Oklahoma City, Copenhagen, and London. And after a series of unfortunate events that resulted in this not being published earlier, here’s my chat with award-winning pornographer turned advocate Buck Angel.

If you’re in Mexico City on September 25 and 26, don’t miss Dan Hunt’s documentary on Buck’s life and work Mr. Angel at the MIC Género festival. The film is also available on Netflix.

Buck AngelEnrique Torre Molina: In Merida it’s not really hard for people to stand out. How has that been for you?

Buck Angel: This place has been magic for us. People are amazing, they’re really sweet, even though I look kind of scary in a sense. So, I do stand out, but people aren’t rude about it. They’re very okay. They don’t care. It’s very simple and easy here. There’s no pretentiousness. You lived in New York, you know what I mean. I travel all the time. I’m constantly on the road, so our house here is sort of like our safe place. We have people who work for us, who take care of our place and our dog, and we could never live like that in the U.S., with a domestic staff of three. We throw Christmas parties for our neighbors, with tamales and everything. At first they were scared of us. They thought we were drug dealers. We’ve made an effort to show our support to the community.

ETM: How did you get into the work you do now?

BA: I started working in the porn business behind the camera and everything was going great. Then I started working with a transsexual woman, which is a huge genre in the adult industry. So I thought, wow, there is no porn with a man like me. You could see any kind of porn you wanted, but a guy like me did not exist. I realized it had to be all about me, so I came up with the “man with a pussy” tag line. It was not easy. The whole adult industry hated me. I was, like, they have porn with 500 men gang bangs. How can you say I’m a freak?

ETM: Do you think that even with everything you can find in porn it is still a heteronormative or gendernormative industry?

BA: Everyone was freaking out on me. It was something new, and there had been nothing new in this industry for so long. At one point I got sick of it, I was taking everything personal, and that’s when I snapped myself out of it. I flipped it and everything started to change. Within two years of starting my business I won the AVN Transsexual Performer of the Year. Little by little I started recognition inside and outside the adult industry. When I started getting media attention from outside of that I realized maybe I was doing something bigger. Gender and sexuality is whatever you make of it. Because of that, that’s where I am today. Moving my adult work into educational work. I moved it to wanting to teach the world that you can be whoever you want to be, no matter what anybody tells you.

I get emails from people who tell me I’ve changed their lives, I’ve made them feel like they don’t have to commit suicide, they can be who they want to be. They don’t have to have surgery to become a man or a woman. That has been the most rewarding thing for me. A 13-year-old kid writing me and telling me “Thank you for making me feel that I’m not a freak.” You know how huge that is? When I was 13 I wanted to kill myself. That’s why I’ve had to twist my work into more educational, because my message is bigger than that.

ETM: So, that just happened very organically.

BA: It did. But through the organic change I realized I have to make an effort to change. I had to make that effort to say I’m an educator. I’m an advocate. I’m a filmmaker. I’m not just a pornographer. That has actually been a burden more than anything: the fact that I’m a porn star.

ETM: Is that common in the porn industry? To have people make that crossover to advocacy, activism, education?

BA: You will not see a lot of people like me making that crossover, though it is happening more today. And I have to say I attribute that a lot to my work. I really believe that my work has helped other people come along and feel more the need to become sex educators. The way they disrespected trans women in porn was also one of the reasons why I did my own work, because I didn’t want me or a guy like me to get into a porn industry that disrespects me. Trans women or girls with dicks were marketed as freaks. It was a straight man who took them, and made money off of them, paid them, and kicked them out the door. I saw that, and I didn’t want that to be my work.

ETM: The T in LGBT seems to be the last priority within that community. Does it make sense for transgender people to continue to spin off as a movement of its own?

BA: I think they should. Sexuality and gender are two different things. LGB is your sexuality. T is about your gender. I’ve always said that. When I mention that I’m a transsexual to a doctor, they immediately think I’m saying I’m a homosexual. And I have to tell you Mexico has been amazing in terms of medical care.

ETM: What is it like to have achieved the ideal version of yourself, appearance wise, if that is the case?

BA: It is. I always dreamed to look how I look: a man with muscles, able to take my shirt off. I don’t know so much about the tattoos or the bald head, which came with the testosterone as a side effect. I can say that I have achieved what I always wanted, which is the look of ultra, hyper masculinity. That’s what I was going for. Not to say that’s the case for all trans men, but it was my vision. I used to hate my body. And, actually, contrary to what people say of testosterone, testosterone mellowed me. It didn’t make me angry. I was angry before the testosterone, but now I’m much more calm, and feel more at peace with myself than ever before. My work isn’t about being trans. It’s about being who you are.


De Minnesota a Yucatán: la vida universitaria LGBT

*Publiqué este texto en mi blog de The Huffington Post el 26 de agosto de 2014.

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Foto del Colectivo Diversidad Igualitaria (Codii) del ITESO.

La semana pasada la organización Campus Pride publicó su lista anual de las 50 universidades más “LGBT friendly” de Estados Unidos.

El Campus Pride Index señala cuáles son las instituciones que destacan por sus políticas de inclusión a estudiantes y empleados LGBT, contenidos en las clases y programas educativos, si hay clubes o asociaciones estudiantiles LGBT en el campus, qué tanto toman en cuenta las necesidades específicas de personas LGBT en temas de salud y seguridad, entre otras categorías.

¿Para qué sirve un análisis de este tipo?

Cada vez son más los jóvenes que toman en cuenta información como la que publica Campus Pride para tomar la decisión de dónde estudiar una carrera. En Estados Unidos, sin duda, pero me parece que en México también.

Y cada vez son más los jóvenes que, estando en la universidad, se encargan de generar un ambiente más seguro y respetuoso de quiénes son, políticas institucionales que garanticen que no haya discriminación a estudiantes y profesores LGBT, actividades sociales (como un cineclub) y académicas (el ensayo final de una materia o una semana de la diversidad sexual) para discutir el cruce de la orientación sexual y la identidad de género con temas como política, derechos humanos, economía, medios de comunicación, moda, política exterior, psicología, salud o deportes.

La universidad fue el primer espacio donde me sentí seguro como joven gay. Fue el primer lugar donde me sentí cómodo con que la gente, cualquier persona, cercana a mí o no, supiera que soy gay. Salí del clóset con amigos y compañeros que llevaba meses de conocer antes que con mi familia o mis amigos de toda la vida, que estaban en otra ciudad.

En 2006 estaba terminando mi primer año de Relaciones Internacionales en la Universidad de las Américas Puebla. Me enteré de Diversitas, una asociación estudiantil LGBT que, si me informaron bien, fue la primera de su tipo en una universidad privada en México.

El grupo organizaba ciclos de cine, talleres con activistas locales, conferencias con académicos y legisladores, y El Divergente, un programa de radio en la estación estudiantil.

Diversitas lleva unos años en coma y ojalá alguien en la UDLAP lo retome pronto. Y ahora hay grupos similares en el ITAM, la Universidad Iberoamericana, la UNAM y la UPN en la Ciudad de México, el ITESO en Guadalajara y, a partir de este semestre y después de que el consejo de la universidad lo rechazara varias veces, en el Tec de Monterrey.

Otras escuelas han abierto espacios para temas LGBT en sus clases, como CENTRO; para semanas de la diversidad sexual, como la UADY en Mérida, el CIDE y la UAM en el DF; o para conferencias en el marco de congresos de las facultades de economía u otras disciplinas, como la UNACH en Tuxtla Gutiérrez y la Universidad de Guanajuato.

He tenido oportunidad de conocer de cerca varios de esos proyectos, de participar en conferencias y talleres en varias de esas universidades, y una de las preguntas más frecuentes es: ¿cuáles han sido los principales avances para las personas LGBT en México?

En mi opinión, sin duda, la visibilidad en las universidades. Si hiciéramos en el país una lista como la de Campus Pride, probablemente algunas de estas instituciones ocuparían los primeros lugares. Y hay de todo: universidades públicas, privadas, laicas, religiosas, en diferentes zonas geográficas.

Muchos jóvenes gays, lesbianas, bisexuales y transgénero vivimos en hogares donde no fue fácil salir del clóset. Fuimos a escuelas donde no se mencionaba la homosexualidad más que para recordarnos que es pecado. Crecimos sin conocer a ninguna persona transgénero. Pero llegamos a la universidad y nos topamos con mejores recursos de información y oportunidades de desarrollo personal, con profesores que nos alientan a explorar la diversidad en el plano académico, y conocemos a otros jóvenes con quienes, por su orientación sexual o su identidad de género, tenemos una empatía especial.

Ese contexto ayuda a potenciar los talentos de sus miembros, a convertir chavos tímidos o marcados por episodios de bullying en líderes con una voz, a encontrar aliados heterosexuales para reconocer la diversidad. Ojalá continúe la tendencia de visibilizar y respetar la diversidad sexual en más universidades.

De ahí están saliendo las personas que empezarán nuevas familias, ocuparán cargos políticos, y muchos profesionistas que están llevando esa mentalidad al mundo laboral, donde hace mucha falta.


Servicio de Agencia en MidOpen

En su nuevo número, la revista MidOpen publicó una nota sobre nuestro trabajo en Servicio de AgenciaEl número completo está disponible en acceso gratuito en el sitio web de la revista.

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