Día Contra la Homofobia en British Council

El British Council en México organizó un panel el pasado 16 de mayo con motivo del Día Internacional Contra la Homofobia. Participé ahí junto con Iván Tagle de Jóvenes LGBT México, Ricardo Baruch de Espolea, Carlos Ramos del Centro Comunitario de Atención a la Diversidad Sexual, el cantante Jaime Kohen, Irasema Zavaleta del Conapred, Jacqueline L’Hoist del Copred, Lena Milosevic del British Council y Ana Tovar (co-fundadora de la Semana de Diversidad Sexual en el ITAM) como moderadora.

foto6 foto7foto2 foto3 foto4foto5foto8Las fotos son de Ana, Gabriel Zepeda, Cristian Galarza y el British Council.

Muchas gracias a Lena, Patricia Millán, Mariana Nova y Jorge Neiszer por la invitación. Y a quienes fueron a conversar con nosotros, sobre todo a los jóvenes, por una mañana llena de discusiones interesantes sobre homofobia, discriminación, medios de comunicación, trabajo, salud, música y políticas públicas.


Reinas de la noche, ¿esto es lo que hay?

*Este artículo se publicó originalmente en Chilango.

Mis amigos empezaron a ir a antros cuando estábamos en prepa. Yo estaba en el clóset y todavía no me gustaba nada que tuviera alcohol, así que ligar o emborracharme tantito (dos de los principales ritos en dichos establecimientos) no eran objetivos de mi interés. Y, a menos que fuera a lugares donde no conocía a nadie, en Mérida había nada más un par de opciones. Todas con cadenero en la puerta. Ese nefasto personaje que puede hacer la diferencia entre que pases una noche memorable o te resignes a regresar a tu casa a jugar Maratón. O un juego de mesa menos ñoño, pero ése es mi favorito. El antro no era para mí, pues.

Quitando alguna vez que no llevaba una identificación para probar mi mayoría de edad, creo que nunca me he quedado fuera de uno. Creo que a nadie le gusta. Esto no lo aclaro porque me sienta más especial por siempre pasar el filtro de la entrada, sino para que no tomen ésta como la opinión de un ardido al que batearon en la puerta.

Ahora ya me gusta ir a antros. Gays, de preferencia. Porque es más probable que pongan la música que me gusta (pop superficial y pasajero), es más fácil conocer gente y ligar por un tema meramente matemático, y es más común que prescindan de los cadeneros.

Pero de los lugares donde consideran que éstos son indispensables tengo varias anécdotas de amigos que se han quedado del otro lado de la cadena, porque no llevaban la ropa adecuada, o porque no son suficientemente bonitos, o porque no conocían a la persona indicada… Y, ¡sorpresa!, cada vez es más habitual que inauguren antros gays donde un hombre, a veces acompañado de un publirrelacionista, te dice “tú sí” o “tú no”. Por ejemplo, el nuevo Loud.

En la más reciente edición de la Semana de la Diversidad del ITAM, en marzo, hubo una mesa de discusión con dos socios de antros como Envy o Guilt. Les conté que, cuando he ido, me la he pasado muy bien. Y ya que ellos tienen cadena pregunté quién se queda fuera y por qué. “Como en cualquier otro antro, no entra quien vaya en fachas, muy borracho o drogado.” Pregunté por qué en el DF no hay antros enfocados en chavas, si ellos habían pensado en entrarle a ese mercado o si las lesbianas chilangas no estaban en sus planes de negocios. Me dijeron que, para tantear el terreno, estaban por empezar fiestas para niñas en uno de sus antros, y que a éstas sólo tendrían acceso mujeres en general y hombres gays. Hombres heterosexuales no. Algo chistoso viniendo de empresarios que alegan que su principal obstáculo al abrir y mantener un antro de este tipo es la discriminación por parte de la delegación y otras autoridades.

Por temor a a una respuesta tan absurda como esa política, no pregunté cómo probarían la orientación sexual de sus potenciales clientes. Mejor pregunté por qué. “Los hombres bugas generalmente van a noches de lesbianas para ver cómo se besan, faltarles al respeto, tratarlas con morbo, insultarlas… Y tenemos que cuidar a nuestras niñas”. Interesante protección la que ofrecían. Les dije que esa mentalidad subestimaba a los bugas concibiéndolos como bestias que no pueden convivir con lesbianas sin írseles encima. La moderadora del panel interrumpió la discusión.

Esta misma lógica la aplican antros bugas que restringen la entrada a chavos gays (juicio emitido, supongo, por la apariencia de éstos) “porque van a incomodar a otros clientes, a los (que sí son 100%) hombres, viéndolos con lujuria, coqueteándoles…” Como le pasó a unos amigos que, estando en uno de esos bares, salieron a fumar. Cuando regresaron a la puerta el cadenero les dijo que no podían pasar “porque había demasiados gays adentro y algunos clientes se estaban quejando”.

Proteger a la clientela no es prioridad para todos los dueños. Claramente no para los del Marrakech, en el Centro, donde las últimas veces que fui resultaba imposible moverse. De ser mi lugar favorito en la Ciudad de México para ir a bailar, sin cover, sin cadena, donde todas y todos entran, se ha vuelto en uno que prefiero evitar. La política de admitir a todos se la tomaron demasiado en serio: mientras llegue gente a la entrada, la gente entra. Aunque no haya cupo. Aunque pueda temblar sin que nadie se entere. Aunque un cliente que fue en muletas se caiga entre empujones de otros clientes que, quieran o no, tienen que empujarse para desplazarse a la barra o al baño. Esto sucedió en mi última visita y fue la gota que derramó mi vaso. Cuando me quejé en su página de Facebook, otros se sumaron y el responsable de la cuenta borró todo. No sin antes establecer puntos como “¿Para qué viene una persona en muletas?”, contradictorio con su lógica de “Todos pueden entrar porque aquí no se discrimina a nadie”. ¿Alguien considera discriminatorio que un cine no venda boletos de más o que un restaurante no te siente cuando no hay mesas disponibles?

La cosa es que, después de unos años de agarrarle el gusto, ir al antro se convierte a veces en un fastidio. Tanto que aquí estoy desahogándome y pensando si soy yo el que se pasa de mamón. Si debería ir a antros bugas y pasarla bien ahí. Si convendría aceptar que, efectivamente, el antro no es para mí.


Los nuevos movimientos de diversidad sexual

La revista Internacionales es una publicación del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la Universidad de las Américas Puebla. En su más reciente número, sobre las crisis, publiqué el artículo Los nuevos movimientos de diversidad sexual. Los invito a leerlo después de las siguientes imágenes y a descargar la revista aquí (excelente contenido).

Felicidades a su directora Abril Mirabent y gracias a su consejo editorial, en especial a Oswaldo Morales, por la invitación a colaborar. ¡Padrísimas las fotografías con que ilustraron el texto!

A medida que el movimiento lésbico, gay, bisexual, transgénero (LGBT)[1] avanza, se hace más visible, y acerca a su comunidad a la igualdad de derechos en una sociedad que históricamente la ha marginalizado, surgen preguntas sobre el rumbo que tomará, cómo evolucionará y qué pasará cuando el activismo a favor de esos derechos (principalmente matrimonio civil, adopción y seguridad social) se sistematice hasta cierto punto – hablo de sistematización y no de alcanzar un estadio de total igualdad jurídica, pues me parece que es pronto para esto último.

A nivel local, nacional y regional estamos siendo testigos de una nueva revolución sexual catalizada a partir del cuestionamiento de las orientaciones sexuales e identidades de género. Incluso a nivel internacional, grupos como la Asociación Internacional de Gays y Lesbianas, surgida en 1978, y la Comisión Internacional de Derechos Humanos para Gays y Lesbianas, fundada en 1990, fungen como una especie de conciencia del movimiento alrededor del mundo.

Más que del movimiento LGBT como un monolítico, quiero hablar de varios movimientos de diversidad o disidencia sexual. Hay fracciones del supuesto movimiento LGBT que, por ejemplo, se oponen a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. Consideran que no vale la pena perpetuar un modelo de organización social tan conservador, patriarcal y caduco. La monogamia regulada por el Estado es un elemento más del sistema de heteronormatividad al que no quieren pertenecer o contra el cual luchan. La tendencia a ese fraccionamiento es inevitable, y la división de líneas de acción será más visible conforme más países extiendan el derecho al matrimonio civil entre personas del mismo sexo y a la adopción por parte de parejas homosexuales, pues irán surgiendo submovimientos cada vez más definidos y, con suerte, cada vez más fuertes.

A partir de la creciente legalización del matrimonio gay alrededor del mundo, observamos una reconfiguración paulatina de la normalidad (entendiendo “normal” como lo más común): las personas que deciden casarse, tener hijos y un perro en la casa, heterosexuales u homosexuales, son en general los normales, constituyen el mainstream en las sociedades occidentales, pues continúan reproduciendo convencionalismos como la monogamia, educar niños en pareja y formar una familia como el Estado la define. Esto, poco a poco, provocará que se fortalezcan los activismos que quieren legislar a favor de modelos de familias verdaderamente alternativas – de relaciones compuestas, por ejemplo, por más de dos adultos.

Por otro lado, la T de LGBT tomará más fuerza social, política y cultural: las personas travestis, transgénero y transexuales son quienes cuestionan de manera más radical y explícita lo que como sociedad llamamos hombre, mujer, masculino, femenino. Son ellos y ellas quienes, en ocasiones, aceptan o rechazan de manera más conciente las construcciones del género y, en algunos casos, llevan esas decisiones a su cuerpo, al terreno de lo quirúrgico y lo genital, a la intimidad de las prácticas sexuales. También son quienes están más rezagados al interior de la comunidad LGBT, aunque hayan jugado roles fundamentales en la historia del mismo. En las redadas de Stonewall (Nueva York, 1969), por ejemplo, y en las primeras marchas del orgullo gay en Estados Unidos hubo muchos latinos transexuales movilizando a sus compañeros de lucha. Sin embargo, en el mismo país, no hay ningún puesto alto en las organizaciones LGBT ocupado por personas trans. Y quienes sí ocupan esos puestos (con frecuencia hombres homosexuales, blancos, de clase media alta) parecen colocar a la agenda trans al final de la lista de prioridades.

Otro aspecto importante es la geografía. La legalización del matrimonio gay se ha concentrado en países de primer mundo (Canadá, Países Bajos, España, entre otros), grandes capitales (Ciudad de México) y un par de excepciones (Argentina y Sudáfrica), mientras que la homofobia institucionalizada u homofobia de Estado se dispara en países como Irak y Uganda. ¿Qué pasará con la brecha que existe actualmente entre el Distrito Federal y el resto de la república? ¿Y entre países con gobiernos más progresistas versus gobiernos más tradicionalistas? En términos sexogenéricos, la localización de espacios y leyes liberales es cada vez más definida, y son esos gobiernos quienes reciben más y más peticiones de asilo por orientación sexual e identidad de género. Queda por verse si la ola de extensión de derechos para los LGBTs cubre el resto del mundo o si habrá cada vez más ‘guetoización’ de los gays a nivel internacional.

Distingo también varios tipos de activismos. Un ejemplo es el de organizaciones no gubernamentales como Human Rights Campaign,[4] que son percibidas como clasistas, demasiado amigables con el sistema político, y poco eficientes al comparar su presencia en gran parte del territorio estadounidense y sus fondos con los éxitos atribuibles a su labor de cabildeo.

Por otro lado hay esfuerzos novedosos, particularmente de jóvenes que aportan ideas frescas e introducen temas nuevos en la agenda con estrategias originales: desde redes sociales en internet como YouTube, Facebook y Twitter,[5] proyectos como I’m from Driftwood(un blog que recolecta historias de personas gays alrededor del mundo) o el Coming Out Day.[7] Las nuevas generaciones se componen de jóvenes más informados, con la posibilidad de estar enterados de lo que sucede en todo el mundo, permitiéndose comparar la situación de la comunidad LGBT en diferentes países y tomar acciones en consecuencia. Los nuevos actores del movimiento LGBT están cansados de las medidas paliativas de sus gobiernos, y no están dispuestos a esperar a que ‘la sociedad esté lista’.

A mayor visibilidad de una minoría, podríamos asumir que llegaría más respeto hacia ella. A mayor integración de la diversidad sexual en los distintos ámbitos de una sociedad, podríamos esperar más aceptación de las formas en que cada individuo elige expresar su identidad y su sexualidad. Por el contrario, todavía suceden crímenes por homofobia, incluso en las ciudades más progresistas y cosmopolitas del planeta. ¿Existe más o menos odio? ¿Hay más o menos discriminación? Por un lado, creo que la presencia cada vez más evidente de los LGBTs en la política, en los medios de comunicación, en los suburbios, en diferentes industrias y ambientes laborales, provoca una especie de choque cultural como el que describía Samuel Huntington: la heterosexualidad (o las heterosexualidades) y sus intocables privilegios se ven amenazados por identidades que las cuestionan y las replantean, y las reacciones contra ello llegan al punto de la violencia y el odio. Por otro lado, mi optimismo se inclina hacia la hipótesis de que, haya hoy más o menos discriminación que hace treinta o cuarenta años, existe, sin duda, más información, más denuncias, más tipificación, más canales de investigación, más medios de comunicación, más estrategias de difusión. Todo se conjuga para que, esperemos, haya cada vez más resolución de casos de violencia y criminalidad catalizadas por la homofobia.

Bajemos a esferas más cotidianas: el debate de los movimientos LGBT continúa, como cualquier otra discusión, haciéndose muy presente en aulas universitarias, revistas académicas, prensa especializada, bares gays y salas de reunión del poder legislativo. Pero el tema del matrimonio homosexual, por mencionar un caso, ha ido permeando también hasta las sobremesas de hogares comunes y corrientes, más salones de clases, cafés entre amigos, espacios de creación artística y producción cultural, círculos de discusión religiosa o de fe. La revolución toca a cada vez más personas y las cuestiona sobre quiénes son, qué les gusta, a quién aman, con quién quieren tener una relación, qué significa ser ciudadano de una sociedad democrática, tener acceso a ciertos derechos…

Durante su intervención en la Tercera Semana de la Diversidad Sexual[8] del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), LolKin Castañeda Badillo[10] señala dos factores definitorios en la legalización del matrimonio entre parejas del mismo sexo en la capital mexicana. En primer lugar, el optimismo de la sociedad civil organizada (ONGs, asociaciones, colectivos y otros actores que dieron su voto de confianza a algunos de sus representantes). En segundo lugar, la voluntad en el ámbito político, notable en David Razú,[11] que valientemente aprovechó un momento de oportunidad política, incorporando la voz de sus representados.

La combinación de ambos factores fue favorable y, hoy, en el Distrito Federal las parejas homosexuales pueden casarse, adoptar, acceder a seguridad social y a créditos de vivienda, al igual que cualquier pareja heterosexual, que cualquier ciudadano casado.

Al final, como dice Razú, la diversidad sexual es también un tema de ciudadanía, y ése es el enfoque adoptado en cada vez más estrategias de las fracciones del movimiento LGBT a nivel internacional. Los activismos LGBT deben ser más comprensivos e incluyentes, tanto con las disyuntivas al interior del movimiento como con actores al interior del sistema contra el que supuestamente luchan y que están dispuestos a posicionarse a favor del movimiento.

*En la versión de este artículo publicada en la revista Internacionales mencioné un dato erróneo que he retirado ahora en la versión electrónica (En toda esta ecuación hay un factor más que Castañeda señala como ingrediente interesante: los aliados en el “equipo enemigo” – en el caso del Distrito Federal, por ejemplo, la diputada Lía Limón del Partido Acción Nacional, quien se abstuvo de votar a favor o en contra de la propuesta de ley por convicciones personales.) Lía Limón, al igual que el resto de sus compañeros del PAN, votó en contra de la propuesta de reformar el código civil del DF para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo.


[1] En ocasiones se utiliza también el acrónimo LGBTTTI, en donde las últimas letras significan travesti, transexual, intersexual.

[4] En Estados Unidos, HRC es la ONG de derechos civiles para la comunidad LGBT con mayor presupuesto y supuestamente con más fuerza e influencia política. Joe Solmonese, su director ejecutivo, es el segundo mejor pagado entre los directivos de agrupaciones de este tipo, de acuerdo con el periódico The Washington Blade.

[5] En octubre de 2009 tuvo lugar una marcha a favor de los derechos de la comunidad LGBT en Washington, D.C. La convocatoria y organización fueron totalmente a través de estas redes y asistieron personas de todo Estados Unidos, además de algunos extranjeros.

[7] Se celebra el 11 de octubre en varios lugares para promover conciencia sobre la salida del clóset (proceso a través del cual las personas LGBT aceptan abiertamente su orientación sexual e identidad de género).

[8] 8 al 11 de noviembre de 2010 en la Ciudad de México.

[10] Activista lesbiana cuyo trabajo y relevancia son notorios en el movimiento LGBT del país, particularmente en la Ciudad de México, y recientemente en la legalización del matrimonio homosexual, adopción y seguridad social para parejas del mismo sexo.

[11] Diputado por el Partido de la Revolución Democrática en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal que redactó e impulsó la propuesta de reforma al código civil que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo en dicha entidad federativa.